Vigilar y castigar
(Michel Foucault)
Desde muy temprana edad, el ser humano se ve sometido a una constante y hostigante vigilancia iniciada en el seno familiar, con la disciplina entendida como el arte del buen encauzamiento de la conducta y por lo tanto considerada como la fábrica de individuos que crea objetos humanos con características a conveniencia del sistema económico, político y social imperante. Se advierte, entonces, una estricta, intencionada y organizada vigilancia jerárquica donde se manifiesta con claridad el poder dominante-dominado.
Hablamos, pues, de la figura de autoridad en los diferentes espacios sociales: hogar, escuela, trabajo, religión, política, etc. Donde la autoridad abusa de su poder, así, el que manda, en vez de impulsar, quiere someter; y por lo general éste está sometido a más de dos autoridades. Ahí nace la disciplina, que funciona como el dispositivo que coacciona en un juego de miradas, un término en el que las técnicas de sometimiento se planean, se crean para respaldar los efectos del poder.
Podríamos decir que hay tantas vigilancias múltiples como tantos individuos que ejercen poder, aunque este último sea manifiesto de una conducta deseada y no lograda. Así, cada individuo ha creado sus técnicas, procedimientos, materiales, reglas, normas, conductas, aptitudes que le permitan controlar al grupo de seres humanos que momentáneamente esta bajo su vigilancia, supervisión, control y donde se supone lograr el respeto, carisma, obediencia, del colectivo representado.
Con las características antes mencionadas, se advierte la presencia de la humanidad en un plano cuadrado donde hay una amplia movilidad social y, además, una aparente libertad respaldada por una falsa autonomía que encierra la conducta humana en un gran cuadro; con esperanzas de salir y de ir mas allá de lo establecido, pero ese gran cuadro se encuentra formado, a su vez, por infinidad de cuadros internos que hacen más difícil siquiera llegar a las barreras mas grandes.
Dichos cuadros los denominaremos, según Foucault, espacios disciplinarios, como lo son: hospitales, asilos, prisiones y casas de educación; donde en cada uno de ellos se ejerce un control interior para conducir los efectos del poder.
De igual forma, los diferentes espacios han sido creados para el encauzamiento y refinamiento de la conducta y obediencia con edificios, estructuras y materiales que favorecen el sometimiento y control refiriéndonos al imperativo de calidad, imperativo político, imperativo de moralidad, imperativo económico y muchos mas imperativos. Los edificios mismos son aparatos para vigilar y las instituciones han creado maquinaria y objetos que sirven como un microscopio de conducta.
Así, pues, se habla de un control de las funciones sociales en sus diferentes ámbitos. En lo administrativo se organiza la direcciones de los diferentes proyectos sociales, las funciones policíacas vigilan que las reglas sociales se cumplan, en lo económico se controla y verifica el uso de los recursos materiales, la religión con su enajenante figura fomenta la obediencia y aceptación del rol social. Para cada ámbito se designan empleados, vigilantes, controladores, personal especializado que vigila las conductas y procesos establecidos para la sociedad capitalista y también castiga las conductas de desobediencia. Estamos en una sociedad de sumas, más producción, más obreros, más división del trabajo, mas control, mas vigilancia, mas desarrollo industrial y tecnológico; pero... menos desarrollo humano.
Finalmente, la escuela es la pieza clave para lograr la individualidad, cuando el alumno, entonces, se le aplica el examen, y éste lo aprueba, pasa, finalmente, a ser objeto-mercancía de la sociedad capitalista.
Diego Sotelo

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